El drama del COVID-19 y las personas mayores en Estados Unidos

Desde que Estados Unidos tomó conciencia de la grave amenaza que representaba el COVID-19, los especialistas hicieron hincapié en la vulnerabilidad de los adultos mayores frente al nuevo coronavirus.



Foto: Stock Snap - Pixabay

Al día de hoy, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) confirman que 8 de cada 10 víctimas fatales del virus tienen más de 65 años.

Ethnic Media Services invitó a una teleconferencia de prensa para dar a conocer pormenores de la situación entre el grupo de edad de mayor riesgo.

Para comenzar el encuentro, el doctor Tung Nguyen, profesor de medicina interna en la Universidad de California en San Francisco, recordó que Estados Unidos ha superado los dos millones de fallecidos y que desde hace más de un mes no se han vuelto a realizar los resúmenes diarios de la Casa Blanca sobre el tema.

Atribuyó el crecimiento en la cantidad de casos al relajamiento de las medidas de uso de máscara y distanciamiento social, las cuales insistió en subrayar como las más efectivas.

También alertó que el aislamiento social puede hacer mella en las personas de mayor edad, quienes pueden necesitar ayuda con su comida y actividades diarias; además de resultar afectados por la soledad.

En un informe de su conocimiento, se cita que menos del 1% de los casos de fallecidos son menores de 54 años, entre el 3% y el 11% son de 65 a 84 años y entre un 10% y un 27% son mayores de 85 años.

En cuanto a la vulnerabilidad en personas de más edad, aseguró que “Los hogares de adultos mayores se han convertido en el epicentro de la pandemia”. Para el 28 de mayo pasado, 26 estados habían reportado que al menos 50% de sus casos habían ocurrido en unidades de cuidado prolongado para estas personas.

Añade que la incidencia es mayor en locales más grandes, en emplazamientos urbanos y con población afroamericana. Y alerta que una de cada cinco casas de adultos mayores reporta que poseen suministros para apenas una semana.

La tormenta perfecta

La doctora Charlene Harrington, gerontóloga y profesora de sociología y enfermería en la Universidad de California en San Francisco, alertó que estas residencias alojan apenas al 0.6% de la población estadounidense y sin embargo totalizan el 40% de las muertes.

Destaca que estos servicios tienen problemas de funcionamiento desde hace 20 años. “70% de ellas funcionan con fines de lucro, y por ello tratan de mantener sus sueldos y gastos al mínimo, para sacar ganancias. No proveen seguros de salud”. Según la doctora Harrington, 63% de ellas tienen violaciones a los controles de infecciones. Por si fuera poco, cuando hay una cantidad baja de enfermeros, se duplica el riesgo de expansión del virus.

La especialista explica que, una vez que la infección entra, se expande rápidamente, ya que tanto las personas que viven en esos lugares como el personal, pueden ser asintomáticos hasta en un 50% de los casos. Considera que estos lugares han debido ser objeto de pruebas masivas de COVID-19 desde el principio y que cuando esto finalmente fue posible, ya era demasiado tarde.

“Las minorías tienen más probabilidades de ser recluidas en recintos con menor calidad de servicio, lo cual los somete a riegos mayores”. Esto trae un peligro particular, ya que los bajos salarios que allí se pagan obligan a sus trabajadores a tener más de un empleo y eso los convierte en portadores del virus entre un trabajo y otro. Por todo esto, considera que estas facilidades son víctimas de una “tormenta perfecta”.

Para finalizar su intervención, subraya que toda esta situación ha servido “para que salga a la luz la realidad de las residencias de personas mayores” y considera que puede ser un buen momento para aplicar los correctivos necesarios.

La depresión: otra sombra

“El aisalmiento social puede ser devastador en dos sentidos: la preocupación por la enfermedad o la angustia por contagiar a otros”, según la doctora Farida Sohrabji.

La profesora regente y cabeza interina del Departamento de Neurociencia y Terapias Experimentales del Texas A&M College of Medicine, alertó sobre el peligro de que la pandemia detone casos de depresión. “El primer riesgo es por el aislamiento y el segundo por la enfermedad en sí, cuando se contrae”, dijo.

La vocera detalla que el aisalmiento social aumenta también el riesgo de enfermedades cardíacas, ataques al corazón, accidentes cerebro-vasculares; además de disparar la depresión y la ansiedad. Los grupos de mayor edad son especialmente sensibles a todas estas condiciones.

“No tenemos la data sobre afecciones mentales durante esta enfermedad, aún está apareciendo y siendo colectada”. Señala que hay muy poca evidencia, comparada con data de muerte y otras dolencias más fácilmente cuantificables, como las cardiovasculares.

Por ello, se ha recurrido a tomar como referencia la data de los virus del 2002 y del Medio Oriente. “Hubo mucha más incidencia de ansiedad y depresión”, según revela.

Esto trae como consecuencia que aumenten los niveles de cortisol, también conocida como la hormona del estrés. Las secuelas son, entre otras, un mayor riesgo de infecciones, ya que el cuerpo no está en condiciones de luchar adecuadamente. “Hay desventaja” frente a la enfermedad, señala la doctora.

También recuerda que “El virus en sí mismo trae desorden respiratorio, cambios congnitivos y de memoria, la gente se siente desbordada”. Afecta la mente y el ánimo. Otra consecuencia es que “El virus puede terminar en el cerebro, afectar el sistema olfativo y eso incide en la depresión”.

La doctora Sohrabji explica que las proteínas que intentan sanar al virus pueden afectar otros elementos sanos del organismo, conduciendo a inflamaciones que también pueden sumar a la depresión.

Mujeres mayores sin hogar: la peor perspectiva

Erika Hartman, directora del programa del Centro de Mujeres del Downtown Los Ángeles, dijo que las ancianas sin hogar han sido duramente golpeadas por la pandemia COVID-19, habiéndose incrementado además su número en los últimos tiempos, en el orden de un 20%.

Hace notar que se trata de una condición que afecta más al sexo femenino, ya que mientras la situación de calle aumentaba un 13% para la población en general, para las mujeres crecía en un 16%. La perspectiva es especialmente grave en el caso de las mujeres de color de edad avanzada, quienes experimentan tasas de pobreza que casi duplican las de las mujeres blancas.

Hartman explica que, en las desigualdades que padecen quienes están por encima de los 50 años de edad, las mujeres afroamericanas poseen apenas un 10% de los bienes que tienen sus contrapartes de la raza blanca. En las mujeres de 56 años o más, las tasas de pobreza se duplican al comparar ambas razas.

Adicionalmente, afirma que la discriminación en el empleo empleo hacia las mujeres aumenta con la edad. Muchas trabajan como cuidadoras, lo cual puede crearles falta de protección y vacíos en su historia laboral. No son apropiadamente remuneradas por su trabajo, para poder acceder a pensiones o bienes.

Como dato adicional, aporta que las expectativas de vida de las mujeres sin hogar son las más bajas, comparadas con sus contrapartes femeninas que tienen vivienda, o con hombres, ya tengan hogar o no.

Señala Hartman que las mujeres con hogar promedian 83 años de vida, sus pares masculinos alcanzan los 79; mientras los hombres sin hogar llegan aproximadamente a 51 años de vida y las mujeres en la misma condición apenas llegan a unos 48.

Discriminación hacia mayores y minusválidos

El doctor Fernando Torres-Gil es director del Centro de Investigación de Políticas del Envejecimiento, en la Escuela Luskin de Asuntos Públicos de la Universidad de California en Los Angeles.

Según Torres-Gil, “El aislamiento social no es bueno para nadie, especialmente para personas mayores o con limitaciones físicas”. Para él, la pandemia ha revelado grandes disparidades, que han creado tremendas diferencias entre quiene están en riesgo y quienes no. Y estas disparidades se pueden ver a través de muchos factores, desde el grupo étnico hasta el código postal.

Considera que en los tratamientos ha existidos discriminación por edad y minusvalidez. Torres-Gil relata que ante una posible ola de resurgimiento del COVID-19, el Departamento de Salud estudió como manejar los recursos disponibles en caso de ser desbordados.

Y relata: “Para nuestra consternación, una de las ideas propuestas fue ceder los ventiladores a personas más jóvenes”, en el entendido de que ellos tenían mayores posibilidades de superar la enfermedad. También se daría prioridad a quienes no tuvieran condiciones médicas preexistentes. Los no favorecidos por estos criterios, quedarían de últimos en la línea.

Elprofesional de la medicina asegura que, después de mucho trabajo con autoridades, han logrado que se deje de lado la discriminación basada en estos dos factores. Sin embargo, alerta que ese prejuicio existe y que hay que mantenerse trabajando contra él, en asociación cercana con gobernadores y legislaturas de estados.

También le inquieta que, a raíz de la pandemia, los gobiernos estadales van a sufrir recortes de recursos para enfrentar asuntos sociales; hecho que afectará en general a las personas mayores que son beneficiarias de estos fondos y que cuentan con ellos para poder permanecer en casa, o para convivir con condiciones de salud como el alzheimer.

“Tenemos que hacer entender que necesitamos un compromiso de los hogares y las comunidades para ser ciudadores de largo plazo. Asegurarnos de que tenemos la tecnología para apoyar a quienes estén afectados por su permanencia en casa. Hay que educar a los jóvenes, que serán mayores algún día y tendrán también limitaciones. La edad importa, la minusvalidez importa”, finalizó.

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