¿Puede el COVID-19 detonar una hambruna en el mundo?

La pandemia de COVID-19 ha exacerbado el hambre y la inseguridad alimentaria en todo el mundo, con tasas de inanición que han pasado de 135 a 270 millones de personas a medida que se desarrolla la pandemia.


"La hambruna está literalmente en el horizonte", dice David Beasley, director ejecutivo del programa de Naciones Unidas para la Alimentación, que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2020 por sus esfuerzos para combatir el hambre.



Imagen referencial - janeb13 / Pixabay


En una sesión informativa especial con el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas de las Naciones Unidas, altos representantes del organismo hablaron sobre la hambruna que se avecina.


La inseguridad alimentaria amenaza a algunos de los países más afectados por esta tragedia sanitaria en Asia, África y América Latina, ya que la pandemia ha exacerbado las crisis existentes. Los ponentes también ofrecieron su opinión sobre cómo coordinar los esfuerzos de ayuda y apoyar a las comunidades locales que intentan sortear la catástrofe.


"Cero hambre": ¿es posible?


Steve Taravella es portavoz principal del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Relata que “Respondemos a desastres naturales, como el terremoto en Thaití que devastó a las Filipinas. También a conflictos como los de Yemen, Siria y el sur de Sudán”.


Explica que los conflictos y los desastres naturales afectan la distribución de comida y ahí es donde entra la ONU.


Además, ayudan al desarrollo, con acciones como brindar comidas en las escuelas, o a madres y mujeres embarazadas; además de alimentos a agricultores.


“No damos canastas de comida como las iglesias. Ofrecemos lo más básico para que la gente pueda sostener su vida”.


Agrega que “las comunidades con las que trabajamos a veces ni siquiera tienen electricidad”.

Tienen 5 mil camiones, 20 barcos y 100 aviones, moviéndose en todo el mundo.


Están tratando de lograr “cero hambre” para el año 2030; “pero esto no va a pasar, más bien se está incrementando”. Refiere que, en este momento, hay 690 millones de personas con hambre en el mundo. ¿Las causas? Conflicto, clima y COVID-19.


Los conflictos hechos por los humanos son lo más grave y se podrían prevenir. Cuando hay guerra, no se puede cultivar.


Aparte de eso, existe la crisis climática. En Zimbabue es sequía, en Sudán son inundaciones; pero el problema es el mismo: comunidades devastadas que no son capaces de recuperarse sin ayuda internacional.


Además, tenemos COVID-19. Hay mucha más hambre y mucha más pobreza. Debido a esto se ha duplicado el número de gente que pasa hambre. Por el impacto económico es más difícil obtener comida. “Alimentamos habitualmente a más de 100 millones de personas al año, pero subimos a 114 y llegaremos a 200. Lo más alto en nuestra historia”, lamenta Tarvella.


Se ha llegado a niveles de hambruna en cuatro países: Yemen, Sudan del Sur, Nigeria y Burkina-Fasso. “No estamos teniendo recursos para afrontar esto. Estamos pidiendo 13 mil millones de dólares, pero no creo que podamos recaudar más de 7,8 millones”.



Foto referencial – Ganta Srinivas / Pexels


El vocero reflexiona que solamente 2 mil personas en el mundo son multimillonarias, “Ellos podrían ayudar; pero lo que están haciendo es más dinero con el COVID. Estamos apelando a su ayuda, para que ayuden y hagan la diferencia”.


En cuanto a la corrupción en los países afectados, comenta que “tenemos que trabajar directamente con los gobiernos. Debemos mantenernos en los confines de nuestro mandato, que es ayudar a la gente sin importar de qué región son, o a quién apoyan”.


También revela que hay gobiernos que prefieren no mencionar el hambre, “aunque eso es la excepción. En casi todos los países donde trabajamos, los gobiernos son aliados y socios para ser efectivos. Somos como un parche temporal, la idea es que terminen ellos mismos teniendo la capacidad de hacerlo”.


Para finalizar explica que apenas un aproximado de 7% de sus ingresos van a costos administrativos. “Tratamos de mantenerlo lo más bajo posible”, con el fin de que la mayor cantidad se destine al suministro de alimentos.


Centroamérica: clima, conflicto y COVID-19


Elio Rujano - Oficial de Comunicaciones de la oficina regional del Programa Mundial de Alimentos para América Central y el Caribe, afirma que El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua han visto períodos alternativos de lluvia y sequía desde 2014, que han destruido la vida de mucha gente.


De esta manera confluyen clima y COVID, con un trasfondo de violencia de pandillas.

El fenómeno de El Niño afectó en 2015, con el año más seco. Hubo lluvias en 2019, pero en 2020 golpeó la pandemia, que se ensañó con áreas urbanas. La época de huracanes también ha sido terrible, según refiere.


“La economía es informal, la agente trabaja en las calles o por unas horas que les pagan. Esto puede llegar a ser el 70% de la población en estos países. Han perdido sus instrumentos de trabajo, como las redes de pesca o sus herramientas de trabajo. Están vendiendo por unos centavos sus pocas pertenencias, han perdido familiares. Por esto la están pasando muy mal y el coronavirus llegó en el peor momento”.


En cuanto a los alivios que suministran, “les estamos enseñando conocimientos, como criar abejas para recolectar miel. También les damos conocimientos sobre nutrición para que encuentran nuevas comidas, además de donarles alimentos”. Están a la búsqueda de 47 millones de dólares para sustentar y ampliar estos programas.


La ayuda se agotó en India


Parul Sachdeva, asesora en India de Give2Asia, se centró en la crisis crónica del hambre en India. Es una población enorme afectada por la inseguridad alimentaria. Presentan 22% de personas afectadas, la más cifra alta del mundo. 1 de cada tres personas la padece. Explica que los conflictos y las condiciones socioeconómicas afectan a la agricultura, así como los desastres naturales en ciertas regiones; además de pestes y otras condiciones similares.


India está en el puesto 102 de 117 países en cuanto a la pandemia, después de Nepal y Pakistán.


También hay inseguridad alimentaria en Nepal –que recibe muchos migrantes de La India-, Bangladesh y Pakistán.


“Cuando la pandemia empezó en marzo del año pasado, hubo un gran éxodo de poblaciones migrantes que eran trabajadores informales, vendedores en las calles. No tenían a dónde regresar. Hubo muchas restricciones y tuvieron que caminar. Esto afectó al a la ciudad en general”, refiere.


Agrega que hay muchos menos trabajo, los niños dejaron de ir a la escuela. “Pesaron las dificultades en la alimentación, la disponibilidad de menos alimentos. Tuvieron que recurrir a préstamos. 8 de cada 10 personas tuvieron problemas para pagar su alquiler”.


La cuarentena obligatoria afectó a la temporada de cosechas y tuvo repercusiones en al menos 100 millones de personas. También privó de clientes a los vendedores callejeros.

Se dio repuesta en común por la pandemia y se anunciaron 22 mil millones de dólares en programas, hubo también ayuda en efectivo de 500 rupias, unos 6 dólares por persona. Pero muchos trabajadores informales no recibieron este paquete de ayuda.


Asegura que, cuando hay desastres de este tipo, la sociedad civil trata de ayudar. “Han tenido un gran papel. Una asociación de nombre Akshaya Patra distribuyó 1,8 millones de dólares en alimentos por día a los niños”.


Y prosigue: “Al día de hoy se ha acabado la ayuda, pero estamos tratando de trabajar en rehabilitación, de crear capacidad y ayudar en la educación”. Refirió casos como el de la donación de la agrupación SEEDS a residentes de las riberas del río Yamuna, quienes vivían de la venta de pescado y vieron caer su clientela en la pandemia.


Otra familia que logró cosechar durante estos tiempos de coronavirus, no tuvo sin embargo dinero para comprar nuevas semillas. “Gastaron todo en comida para ellos mismos. Recibieron una donación de dinero para las semillas y la venta de sus productos logró duplicar el monto donado”.


“Son ejemplos de resiliencia”, afirma.


Yemen: de mal en peor


Annabel Symington - Jefa de Comunicaciones del Programa Mundial de Alimentos en Yemen, afirmó desde Londres que la inseguridad alimentaria en el país donde labora, a menudo se describe como el hogar de la mayor crisis humanitaria del mundo. Y es cierto.

Insólitamente, no se ha declarado como hambruna, alegando que no hay evidencia.


Son seis años de guerra entre el norte y el sur. “Se ha devastado la infraestructura, se han destruido las tierras agrícolas, el sistema de salud está de rodillas, no hay ningún servicio del gobierno y hay cuatro millones de desplazados en una población de 30 millones”, enumera entre otras calamidades.


Agrega que desde antes de la guerra estaban allí, alimentando a un millón de personas, lo cual subió a trece. “Ahora, con la pandemia, el número volvió a elevarse. Aunque no tenemos cifras exactas. Pero los números de fallecidos son muy altos”.


Cuando se habló de permanecer en casa por el COVID, unos contestaban: “No lo vamos a hacer, hemos visto cosas peores”; otros más decían: “Si nos quedamos en casa, nos morimos de hambre”. Hay cinco millones de personas que están a un paso de la hambruna y 11 millones enfrentan inseguridad alimentaria. Es decir, cuando se levantan no saben qué van a comer o qué le van a dar a sus hijos. “Incluso, deben escoger a cuál de sus hijos alimentar ese día”.


Recalca que un niño malnutrido ve afectado su desarrollo físico y cognitivo. “Y esta es la generación que tendrá en sus manos reconstruir el país cuando haya paz”. La especialista explica que la prevención de esto empieza con la madre, en el embarazo, pero hay un millón trescientas mil madres malnutridas.


Y agrega que los números pueden tener un sub-registro, mientras la guerra empeora y se amenaza el suministro de electricidad, agua y gasolina. La escasez y sobreprecio de este último insumo dispara a su vez el costo de los alimentos.


“El momento de actuar es ahora, no podemos esperar más tiempo”, concluye.

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