Trabajadores comunitarios de la salud: en primera línea


Los trabajadores comunitarios de la salud son personajes críticos y esenciales que fortalecen en estos momentos –y desde hace varios meses– la respuesta sanitaria al COVID-19, en particular haciéndose cargo de las comunidades insuficientemente atendidas.




Foto de Ketut Subiyanto en Pexels


Ellos han sido claves a lo largo de este año en brindar acceso a la salud, a pesar de condiciones adversas, limitaciones, e incluso el riesgo que ellos mismos corren.


Suelen ser mujeres de color, recibir remuneraciones insuficientes e irónicamente, ellos mismos en muchos casos no cuentan con seguros de salud. También algunos cargan con traumas de haber sobrevivido a situaciones extremas.


Conocedores del tema dieron, a través de una videoconferencia para periodistas, una visión general del papel de los trabajadores de la salud durante la pandemia. Explicaron cómo han ayudado a las comunidades menos favorecidas a tener acceso a la atención, a pesar de la escasez crítica de recursos que los afecta.

Tareas medulares

“Ellos construyen puentes de salud, cuidado y educación. Apoyan las tareas de las fuerzas de trabajo para pruebas, seguimiento de contactos y vacunación”. Así se expresa Denise Octavia Smith, Directora Ejecutiva de la Asociación Nacional de Trabajadores de la Salud, con 20 años de experiencia.


La asociación inició su trabajo en marzo de 2020, cuando a muchos de ellos se les estaba despidiendo y algunos de sus programas se detuvieron.


Explica que “Los trabajadores de salud comunitarios laboramos en la prevención, en departamentos de emergencia, con inmigrantes y refugiados, en programas de elegibilidad, trabajando en hogares y familias, en inmunización. Tratamos de amplificar nuestro papel trabajando con gobiernos locales. Representamos la diversidad de Estados Unidos. Tenemos experiencias culturales y prácticas religiosas muy diversas”.


Agrega que quieren hacer un servicio compasivo. “Acompañamos y somos las personas que tratamos de crear confianza en nuestras comunidades. Hay gente con enfermedades crónicas, sobrevivientes de cáncer, de SIDA. Tenemos un rango de habilidades que nos permiten mejorar la salud. Buscamos la equidad y la justicia social”.


Han hecho una campaña internacional para que se reconozca su rol en la lucha contra el COVID-19. De cara a una eventual vacuna serían capaces de aplicarla. “Detectamos también otras necesidades en la comunidad, como la salud mental, que tiene efecto en enfermedades crónicas, o los asuntos económicos, de vivienda y alimentación”, expresa Smith.


Por ejemplo, en junio organizaciones de Texas se juntaron para resaltar el impacto del estigma contra los asiáticos y procedentes de las comunidades de las islas del Pacífico, a propósito de la denominación “virus chino” que recibió el coronavirus. Contó que ellos incluso no querían salir de sus casas. “Podemos dar apoyo lingüístico y levantar data de sus necesidades de atención”, dijo.


Otro caso a tener en cuenta son las naciones tribales. La vocera revela que la Nación Navajo sufrió un impacto desproporcionado por el coronavirus. Hay pocos recursos para ellos. “Muchos representantes de salud tratan de lidiar con eso, pero los lugares no tienen electricidad ni agua”.


Entre sus tareas, Smith destaca que los trabajadores de salud comunitarios tienen que “Enfrentar barreras históricas y construir confianza. El país no se ha reconciliado con afroamericanos e indígenas. Podemos trabajar en eso con una conversación real, pero esto va a durar mucho tiempo más. Debemos deshacer las brechas de información y confianza”.


Destaca también que Estados Unidos no ha reparado daños de investigaciones médicas que se hicieron afectando a esclavos e indígenas nativos. Es por eso que 30% de los afroamericanos no estarían dispuestos a dejarse vacunar contra COVID-19. “Nosotros podríamos tener un rol importante en el trabajo para superar esa desconfianza”, resalta la profesional.


Hay que apuntar que la mayoría sistemas de salud son organizaciones basadas en las comunidades. Es un mayor riesgo, porque no tiene recursos para la protección necesitada en estos tiempos de coronavirus. Sin embargo, han distribuido más de 100 mil máscaras a pesar de no haber solicitado aún fondos federales, porque son muy jóvenes como organización.


“Pero tenemos seis décadas de evidencia de que somos eficaces. La Asociación de Salud Pública confirma veinte años de nuestro impacto en disparidades de salud. Homeland Security nos clasificó como una organización esencial en marzo de 2020”.


Dificultades a enfrentar

El Dr. David E. Hayes-Bautista, es Director del Centro para el Estudio de la Salud de los Latinos y Cultura en UCLA Health.


Comienza confirmando que “Poblaciones de color tienen más caso de mortalidad que la blanca y la hispana. El coronavirus no es racista, pero es muy oportunista. Cuando encuentra acceso, se mete. En otros países existen servicios sociales fuertes, aquí estamos muy atrás”. Y ese rezago afecta a las comunidades de color, por lo cual quedan más expuestas al COVID-19.


A muchos se les dijo que fueran a trabajar desde casa, algo que no pueden hacer trabajadores esenciales como doctores ni enfermeras. Le preocupan los trabajadores de las granjas, ya que a ellos les ha afectado mucho el coronavirus.


“Los agricultores no pueden dejar de asistir a su lugar de trabajo. Hay cuadrillas laborando hombro a hombro en las granjas, muy juntos”. Según los datos que maneja, los latinos tienen dos veces menos seguros de salud, 60% de ellos son inmigrantes, muchos indocumentados.


“Se decía a los trabajadores que tuvieran síntomas que hablaran con su doctor, pero si no tenían un seguro y ni siquiera conseguían a uno que hablara español, ¿a quién iban a hablar?” Agrega que, sin seguro, hay que pagar entre $ 100 y $ 2 mil por una evaluación.

El costo del Remdesivir que recibió el presidente del país, es de $ 3.120. Los trabajadores de este tipo de empleos ganan 1.500. “El tratamiento que recibió el presidente hubieran sido dos meses de salario, sin contar con que fue objeto de $ 100 mil en otros gastos. Si no tiene seguro, tendrían que dejar de comer y de pagar renta. Y quien no recibe tratamiento está en riesgo de morir”.


Por otra parte, las clínicas comunitarias ni siquiera preguntan por el estado legal, por eso tenían más margen de ingresar gente vulnerable. “Tienen un presupuesto muy precario, pero proveen los servicios a cualquiera que vaya”.


De cara al un posible repunte del COVID-19, Hayes-Bautista recuerda: “Las precauciones para enfrentarlo son máscaras, distancia física, higiene personal. La máscara se volvió algo político y los casos volvieron a subir”.


Al doctor le preocupa que las viviendas de latinos sean más numerosas. “Vive al menos una persona más en casa en comparación con los blancos. Tienen niños, abuelos, y hay quienes tienen que salir a trabajar. ¿Cómo mantienen la distancia social en casa?”, se pregunta.


Sugiere hacer las reuniones del día de Acción de Gracias al aire libre. “Esperemos que no haya tanto frío, pero ¿cómo será en Año Nuevo? Los latinos somos muy familiares, hay gente que está harta de esto y simplemente quiere un abrazo”.


Advierte que el COVID-19 se va a quedar con nosotros por un tiempo. “Tendremos otra ola este invierno. Si se elimina el Obamacare, subiremos a más de 50 millones de personas sin seguro en medio de una pandemia. Eso sería un desastre”.


Finaliza haciendo un llamado: “Cuando las vacunas estén aprobadas y disponibles, debe ser para toda la población. El COVID-19 se comunica a través de las comunidades, y a través de ellas debe detenerse”.

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