Violencia familiar: el tabú que nadie menciona

Una de cada cuatro mujeres y uno de cada diez hombres sufren abusos por parte de su pareja o el cónyuge, según informó el año pasado el New England Journal of Medicine.


Por si fuera poco, los informes de la violencia doméstica desde el inicio de la pandemia del COVID-19, se dispararon.


Existen programas de prevención y reconciliación que involucran tanto a los maltratadores como a los sobrevivientes. También a los niños de los hogares maltratados y a las familias inmigrantes.



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Sin embargo, la experiencia revela que lamentablemente, los afectados son reacios a tratar el tema, da vergüenza. Pero quedarse en silencio no hará que desaparezca. Por eso, se pierde la esperanza. Y adicionalmente, no contamos a los agresores como víctimas.


¿Pueden sanar las familias afectadas por esta situación?


Sociedad rota


La reverenda Aleese Moore-Orbih, Directora Ejecutiva de California Partnership to End Domestic Violence, enmarca el asunto como parte de una problemática más compleja: violencia doméstica, tráfico de seres humanos y violencia sexual, entre otros.


“Demuestran que nuestra sociedad está rota. Todo esto va en contra de nuestros derechos civiles”, asegura.


Lamenta que muchos se digan a sí mismos: ¿por qué me debo preocupar, si no pasa en mi comunidad? “No es solo para la persona a quien le pasa, se transfiere de una generación a otra. Son personas que tienen traumas no resueltos y no pueden vivir a su plena capacidad”.

Para ella, la sociedad en general tiene que reconocer que no se trata de la familia de la esquina. “Esto es nuestra nación, la protección que merece la ciudadanía en general. Es un problema cultural y de la sociedad, no es individual”.


Nuestra cultura se centra en el poder y el control. Lo adoramos, lo idealizamos, se le da mucho romanticismo en Hollywood. ¿Cómo nos deshacemos de él?


Moore-Orbih cree que, si lo vemos así, podemos empezar a enfocarlo de manera diferente. ¿Cómo nos alejamos de esa manera de hacer las cosas? Hay que llegar a otro nivel, no pueden ser parches.


Advierte que las mujeres y las niñas son las más vulnerables. “Los patriarcados y las jerarquías no deben suceder. Hay que tener una masculinidad y una feminidad saludables. Recién allí empezaremos a lidiar con la violencia doméstica e interpersonal”, sentencia.


Atrapados


“En Atlanta hemos sentido una violencia severa contra la comunidad AAPI, ellos no encuentran cómo expresar sus emociones”.


Así lo expresa Monica Khant, directora ejecutiva del Instituto Asiático-Pacífico de Atlanta sobre violencia de género. Ella trabaja con inmigrantes, dan prioridad a mantener a las familias juntas. Ejerció 20 años como abogado de inmigración en diversas ciudades.


Hay personas que no tienen acceso a recursos de ayuda, porque hay diferencias culturales debido al hecho de ser inmigrantes. Y revela que existen sutilezas en casos de los migrantes que son víctimas de violencia doméstica. “Muchos de ellos no han podido pedir ayuda. Antes de la pandemia podían hacerlo, pero ahora no”.


Prosigue relatando que muchos no tienen recursos, que la cuarentena ha sido difícil. “No se pueden esconder en el baño para hacer una llamada; no tienen acceso a la tecnología. Ha aumentado la dependencia de su pareja que gana dinero cuando están desempleados por la pandemia”. Otros no pueden solicitar beneficios económicos, porque no tienen permiso de trabajo.


Según ella, las llamadas de denuncia de violencia doméstica cayeron hasta en un 76% al principio de la pandemia. Otro gran problema es el acceso idiomático.


También cuenta que uno de cada 5 asiáticos ha reportado deudas en el alquiler en 2020.

“Esto puede crear un problema: las víctimas tienen que quedarse a vivir con sus victimarios”. El acceso a las vacunas también es difícil para quienes no tienen un estatus migratorio formal.


Khant propone sanar de maneras no tradicionales: irse no es la primera opción. “Intentar reconciliarse, buscar servicios sociales, buscar alternativas que no estén dentro del sistema criminal”.


Mujer y víctima


Tina Rodríguez, es una profesional de la justicia reparadora y presidenta de la junta directiva de la Coalición contra las Agresiones Sexuales de California: trabaja con hombres encarcelados por violencia doméstica. Su propia experiencia personal la llevó a eso.


“Nos falta una responsabilidad cultural, estoy hablando de quienes han sido impactados por la incapacidad de controlar su ira. La prevención no puede existir sin tomar en cuenta a estas personas, tanto como a sus víctimas”.


Y agrega: “Debemos dejar de ser co-dependientes. Debemos basarnos en sistemas que eduquen a nuestros hijos en prevención de violencia doméstica”.


Para la vocera, nadie menciona la presión que padecen los hombres. Ellos tienen una asignación de la sociedad; “pero no se habla, por ejemplo, de que si eres una persona negra puedes calificar para un trabajo y no obtenerlo por el color de tu piel. Este es un trauma que presiona y que también sufren las comunidades latinas”.



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Y revela: “Soy de México y el abusador de mi familia lo era porque es lo que se esperaba de él. Nunca se habló de la presión y trauma que él experimentó”.


Considera que debemos enseñar a nuestras hijas y hermanas estrategias para suprimir la violencia. “Les decimos que busquen a alguien que tenga una casa, dinero, que tenga un buen carro; pero no les enseñamos que no pueden juntarse con alguien que las aísle. No podemos confiar en que un sistema va a hacer eso, debemos hacerlo nosotros mismos”.


En cuanto a sanar, su familia entró al sistema judicial por violencia doméstica. Eso trajo para ella mucho más dolor y división. “Que la corte ordene alejamiento, puede más bien provocar el efecto contrario”.


Las víctimas hispanas y negras le decían: “Estoy atrapada con él, si llamo a la policía y responden la llamada lo pueden matar, o si lo deportan nos quedamos sin la persona que trabaja en casa para mantenerla”.


Rodríguez trabajó en el programa de prevención de violencia doméstica en Valley State Prison. Se ocupó de mostrarles a los reclusos el daño que hicieron a quienes estaban en prisión y causaron el dolor. “Eso contribuye a crear empatía”, asevera.


“Cuando hay una transición de ser un miembro de la comunidad a un prisionero, ellos pierden su nombre y les dan un número. Una vez que estuvimos allí, pudimos entenderlo.

El hombre que abusó en nuestras vidas quiso hablar conmigo en un proceso de justicia restaurativa”.


Y señala que “Yo sufrí de un desorden alimenticio por la responsabilidad de ser la hija mayor. Pero pude hacer preguntas, aprender. Fue un proceso sanador. Nos ayudó poder hablar de esto. Me hizo querer enseñar en clases en las prisiones, quería compartirlo. He ido a conferencias para sobrevivientes, los animo a que vayan. Anima ver hablando juntos a la persona que cometió el crimen y a la víctima”.


Lamenta que las historias nos hayan hecho pensar que todo termina con final feliz. “La fantasía de que uno se junta con alguien y crea una familia y todo va bien de ahí en adelante. No es así”.


Afortunadamente su agresor ha ofrecido ayudar a su organización. “Estamos trabajando con gente que está en camino a terminar en prisión, él va a trabajar con ellos contándoles lo que viene después de la cárcel. Eso ha sido un gran ejemplo. Pudimos reconciliarnos, hay que tener esto en cuenta”.


La perspectiva del hombre


Jerry Tello es fundador y director de formación y desarrollo de capacidades en Red de Compadres; la cual involucrar a los jóvenes para romper el ciclo intergeneracional. Criado en un vecindario latino-negro de Compton (California), veía como maltrataban a su padre, a su hermano, a su abuela.


“Los hombres de la familia de mi mejor amigo, tenían que esconderse en la casa por las noches. Recuerdo disturbios en mi barrio, tanques en las calles. Teníamos que estar en guardia. Al día siguiente nos preguntaban en la escuela. Uno se creía el malo, el héroe, teníamos que pretender que todo estaba bien”.


Cuando su papá murió, el hecho lo afectó mucho, “pero lo disimulé, no lo lloré. Para vivir en ese vecindario no podías mostrar vulnerabilidad. Me olvide cómo sentir, cómo llorar.

Me mudé del vecindario, me volví psicólogo, me volví un profesional; pero aún esto está conmigo. ¿Con quién comparte uno estas cosas?”, se pregunta.


Y agrega: Me mandaron a Vietnam y regresé con más trauma. No tendría que haber ido, porque estudiaba en un college; pero no lo sabía.


Una anécdota lo marcó: “Había una mujer con moretones en la cara, mi papá fue acompañado de mis tíos a hablar con el esposo, para que no lo volviera a hacer. Hay bendiciones en esos vecindarios; pero los demonizamos. Hay hombres y mujeres que saben qué hacer”.


Y afirma: “Lo que queremos es que deje de haber violencia, no criminalizar la situación. Junto a un amigo hice un programa para esto. No está basado en evidencias o metodologías y por eso nos tardamos”.


Hace 32 años empezó la red Compadres. “Tuvimos que reclamar lo sagrado que es ser hombre. Eso incluye a lo femenino en nosotros, a la gente mayor. Pero no podemos ser vulnerables todo el tiempo. Tenemos círculos de sanación, ritos para quienes no tenían sus padres porque los mataron, o estaban en prisión o los habían deportado”.


Agrega: “Todos estamos heridos, la cosa es juntarnos para dialogar”.


En el 70% de las situaciones de violencia doméstica, las mujeres no quieren que sus hombres vayan a la cárcel. Y la mayoría de los que van, regresan luego a casa.


Los ha ayudado la espiritualidad: “Las plegarias de mi abuela, el sentir que hay un espíritu más grande que tú, le pedimos que nos ayude”.


Revela que los abusos en la familia de clase media y alta también existen, pero están escondidos. “Pagan a un terapista privado y ya”.


Para él, “Hay situaciones en las que se necesita a la policía, pero la policía no es la solución. Muchos no dicen lo que pasa porque tiene miedo de hablar y creen que van a afectar a su familia. Los trabajadores sociales deben participar más”.



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